Aprender lejos de casa: La integración de la infancia nicaragüense en las aulas costarricenses
La integración escolar de la niñez migrante en Costa Rica enfrenta retos como las brechas de aprendizaje y los vacíos institucionales, mientras docentes y familias buscan facilitar su inclusión sin que pierdan sus raíces.
La pequeña Jeylin Sofía López Masís, nicaragüense por nacimiento, juega durante el recreo en la escuela San José de Upala, Costa Rica.
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El anda, el pez congelado, las bolinchas y el fútbol forman parte de los juegos con los que niños y niñas disfrutan sus recreos en Costa Rica. Entre carreras y risas, se construyen amistades con compañeros que, en algunos casos, comparten algo más: haber llegado desde otro país para empezar una nueva vida.
En 2020, con solo cuatro años, Jeylin Sofía López Masís comenzó a asistir a la escuela en Costa Rica. Recuerda la emoción que sentía por aprender, conocer a sus compañeros y hacer amistad con sus maestros.
Como su madre ya le había enseñado las vocales y algunas letras, aprender a leer y escribir no le resultó tan difícil al inicio. Sin embargo, lo que más guardó en su memoria fue el trato recibido: “Lo que más me gustó fue que sentía que todos me querían”, cuenta a REALIDADES.
Al llegar, otros niños le preguntaron si quería ser su amiga. Jeylin aceptó entusiasmada y pronto comenzó a conversar y jugar con ellos, compartiendo historias y vivencias sobre sus países de origen.
“Ellos me contaban sobre su país y yo les contaba sobre el mío”, relata la estudiante de quinto año primaria de la Escuela San José, ubicada en Upala, un cantón fronterizo con Nicaragua.
La escuela San José de Upala. Foto: Donaldo Hernández. REALIDADES.
Costa Rica alberga cerca de 550.000 migrantes nicaragüenses, una presencia que, a lo largo de décadas, ha estrechado los vínculos entre ambos países. Según datos oficiales, alrededor del 20% de la población costarricense tiene algún vínculo con Nicaragua, una proporción significativa en un país de cinco millones de habitantes.
Para Jeylin, hacer amigos facilitó su adaptación a la escuela. Le permitió conocer de cerca la cultura de Costa Rica, sin olvidar sus raíces. Ahora tiene 10 años, pero extraña Nicaragua y a los familiares que permanecen al otro lado de la frontera. Sueña con visitarlos y regresar a Costa Rica para continuar sus estudios.
La experiencia de Jeylin también se refleja en la mirada de sus compañeros costarricenses, quienes comparten con la niñez nicaragüense tanto el aula como las actividades comunitarias.
Arley Ríos Cortés, estudiante de sexto grado en la misma escuela San José de Upala, recuerda con entusiasmo la llegada de niños y niñas del país vecino hace algunos años: “Me sentí muy bien cuando llegaron mis compañeros nicaragüenses, porque compartimos diferentes culturas y tradiciones”, cuenta a REALIDADES.
Arley, estudiante costarricense conversa con Jeylin durante el recreo de la escuela. Foto: Donaldo Hernández. REALIDADES.
Entre las cosas que Arley disfruta están los bailes y el acento nicaragüense. Durante los recreos juega bolinchas y fútbol con sus compañeros.
Cuando llega un estudiante extranjero, Arley dice que se acerca a hablarle, le enseña la escuela y lo presenta a sus amigos. Para él, recibir a alguien nuevo también significa ayudarle a sentirse bienvenido.
El peso de las diferencias
La experiencia de María Celeste Sequeira, otra niña nicaragüense que estudia en una zona fronteriza de Costa Rica, muestra que adaptarse a una nueva escuela no siempre es fácil. Aunque poco a poco se acostumbró a su nueva vida escolar, al principio dudaba de si lograría sentirse parte del grupo.
“Sentía que no me iba a adaptar mucho porque soy de Nicaragua, pero poco a poco me fui acostumbrando y ahora me va bien”, cuenta a REALIDADES después de hacer sus tareas en casa.
María Celeste recuerda que, cuando cursaba segundo grado, un compañero le hizo comentarios por ser nicaragüense. Su madre, Ángela Sequeira, también cuenta que la niña ha escuchado expresiones como “ahí viene la nica” o “viene la niña de Nicaragua”. Según Sequeira, esos comentarios no trascendieron, pero muestran que la nacionalidad puede convertirse en motivo de distinción entre compañeros.
Maria Celeste llegando a casa después de clases. Foto: Donaldo Hernández. REALIDADES.
Las experiencias de Jeylin y María Celeste muestran que adaptarse a una nueva escuela siendo migrante puede ser distinto para cada estudiante. Mientras las redes de amistad facilitaron el camino de la primera, la segunda debió lidiar con expresiones que ponían el acento en sus diferencias.
El proceso de integración
Ángela Sequeira llegó a Costa Rica en noviembre de 2018, huyendo de la persecución política desencadenada tras las protestas antigubernamentales en Nicaragua. Cruzó la frontera junto a su hija María Celeste, que entonces tenía solo dos años, para comenzar una nueva vida lejos de su país.
María Celeste comenzó su educación en Costa Rica en la Escuela San José de Upala, donde cursó materno y kínder. En 2023 pasó a otro centro educativo de la zona y actualmente cursa tercer grado.
Según su madre, la continuidad escolar facilitó la adaptación de María Celeste. Su rendimiento se ha mantenido estable y, en general, disfruta asistir a clases.
La continuidad escolar de María Celeste contrasta con la de otros menores que llegan tras haber iniciado su educación en Nicaragua o haber interrumpido su formación. Las brechas de aprendizajes y el tiempo alejados de las aulas pueden dificultar su incorporación a una nueva escuela, según advierten especialistas consultados por REALIDADES.
En cuanto al cuerpo docente, Ángela no identifica inconvenientes. La comunicación con la escuela se mantiene mediante un cuaderno de avisos y tareas, grupos de WhatsApp de las familias y mensajes relacionados con el transporte.
La incorporación a la escuela también implica gastos para las familias. Aunque en Costa Rica la educación es gratuita, Ángela recuerda que, cuando matriculó a su hija, recibió una lista de útiles escolares. En aquel momento tenía trabajo y pudo costearlos.
Tiempo después se quedó sin empleo y tuvo más dificultades para cubrir los gastos escolares. Compró los materiales poco a poco con ayuda de familiares y amistades. “Fue complicado al principio, pero después me fui acomodando”, recuerda.
Jeylin Sofía López Masís en el salón de clases. Foto: Donaldo Hernández. REALIDADES.
Taylin Orozco, nicaragüense que llegó a Costa Rica en 2018 tras participar en las manifestaciones contra el régimen de Daniel Ortega, destaca el apoyo que ha recibido de la comunidad educativa como madre de una niña de preescolar. Valora, de manera especial, los subsidios de transporte y alimentación, que alivian de forma significativa el presupuesto familiar.
“Mi hija me cuenta que está muy feliz, que le gusta su escuela y que le gusta su maestra”, relata Orozco a REALIDADES. Más allá del aula, la madre resalta el respeto hacia la identidad de las familias nicaragüenses y recuerda con emoción cómo, en algunos actos cívicos, les han permitido entonar el himno de su país. “Para muchos puede parecer insignificante, pero para nosotros representa respeto e integración”, afirma.
Las historias de Ángela y Taylin demuestran que la integración educativa de la niñez migrante también depende tanto de las condiciones socioeconómicas del hogar como del acompañamiento institucional que brindan las escuelas.
Tayling Orozco junto a su hija en Upala. Foto: Donaldo Hernández. REALIDADES.
Los especialistas explican que la adaptación escolar no siempre es un proceso lineal ni resulta evidente. Algunos niños establecen amistades rápidamente, mientras otros necesitan más tiempo para sentirse seguros en un entorno desconocido.
La psicóloga Natalia Girón Popova, consultada por REALIDADES, explica que afectaciones emocionales pueden manifestarse de distintas maneras: “resistencia a entrar al aula, aislamiento durante los recreos, poca participación, distracción, irritabilidad, cambios en la alimentación o una mayor necesidad de permanecer cerca de una persona adulta”.
A este proceso se suma el impacto propio de la experiencia migratoria: la separación de seres queridos, los cambios constantes de residencia y la adaptación intempestiva a nuevas rutinas. En los casos más complejos, los menores cargan además con secuelas del trauma o vivencias de violencia experimentadas durante el trayecto.
Prejuicio y rechazo
La discriminación es otro obstáculo que puede afectar la convivencia en las aulas. Girón explica que los comentarios sobre el acento, la nacionalidad, la apariencia o las costumbres pueden convertirse en formas de exclusión. Incluso cuando se disfrazan de bromas, estas conductas podrían “constituir una situación de acoso escolar”.
Ante un posible caso de discriminación, la psicóloga recomienda esencial escuchar al menor en privado y evitar la revictimización. “No debemos pedirle que cuente una experiencia dolorosa delante de la clase ni hacer que repita su historia cada vez que cambia de docente”.
La atención a estas dificultades también depende de cómo responde cada centro educativo. En Upala, docentes y directores explican qué medidas aplican para facilitar la incorporación de estudiantes nicaragüenses, atender sus necesidades de aprendizaje y promover la convivencia entre compañeros.
En la Escuela San José de Upala, la directora Karen Pineda Ubau recuerda que la llegada de estudiantes nicaragüenses aumentó a partir de 2018, cuando miles de familias nicaragüenses huían a Costa Rica por la crisis en su país.
Karen Pineda Ubau, directora de la escuela San José de Upala. Foto: Donaldo Hernández. REALIDADES.
En aquel momento, las autoridades educativas buscaron orientación de organizaciones humanitarias de Naciones Unidas sobre cómo matricular a menores que no contaban con documentos de identidad o certificados de estudios.
Pineda explica que el centro educativo ha recibido estudiantes con distintas situaciones documentales y académicas. Cuando faltan documentos de identidad o certificados de estudios, existen mecanismos para facilitar su incorporación y determinar el nivel educativo que les corresponde.
“Hay que adaptarse al niño”
En el día a día conviven niños costarricenses y nicaragüenses, y las actividades culturales y cívicas incorporan expresiones de ambos países, como bailes, festivales artísticos y comidas tradicionales.
Pineda señala que no ha identificado casos de discriminación por nacionalidad en su escuela. Su experiencia, sin embargo, se limita a ese centro educativo. Asimismo indica que actualmente la institución no cuenta con personal de atención psicológica propio, por lo que recurre a los servicios regionales cuando necesita apoyo especializado.
Frente a estas limitaciones, las iniciativas de los docentes resultan clave. María Fernanda Arguedas Retana, maestra de la misma escuela, explica que durante la primera semana de incorporación de un estudiante organiza actividades para que sus compañeros conozcan su procedencia y cultura.
Maria Fernanda Arguedas, profesora de la escuela San José de Upala. Foto: Donaldo Hernández. REALIDADES.
Además, Arguedas aplica diagnósticos para identificar brechas de aprendizaje, en especial cuando los menores han transitado por varios centros o han interrumpido su escolaridad. Con base en los resultados, diseña apoyos personalizados. “Hay que adaptarse al niño, no el niño a la escuela”, afirma con contundencia a REALIDADES.
Durante el curso lectivo, la escuela organiza campañas contra el acoso escolar y actividades de sensibilización sobre la diversidad cultural. Cuando surge una situación de discriminación, Arguedas recurre al diálogo para que los estudiantes comprendan por qué una conducta es incorrecta y cómo pueden corregirla.
Maria Fernanda Arguedas, profesora de la escuela San José de Upala. Foto: Donaldo Hernández. REALIDADES.
En la educación secundaria, la integración tiene otros retos. Adán Carranza Villalobos, director del Liceo San José de Upala, señaló a REALIDADES que atender a los estudiantes migrantes implica no solo facilitar su matrícula, sino también acompañar su adaptación, participación académica y convivencia.
El colegio cuenta con servicios de Orientación para atender necesidades socioemocionales y canalizar situaciones que requieran apoyo. Sin embargo, no dispone de un programa de atención psicológica específico para estudiantes nicaragüenses o migrantes.
“El Ministerio de Educación Pública (MEP) cuenta con un equipo intrainstitucional para la atención de personas estudiantes de origen extranjero, en riesgo de apatridia y retornadas, en el que participan diferentes dependencias ministeriales”, explicó Carranza.
El experto en educación Luis Andrés Loría Calderón, docente de la División de Educación Rural de la Universidad Nacional e integrante del Observatorio Costarricense de la Educación, considera que la integración requiere acompañamiento durante todo el proceso educativo.
Luis Andrés Loría, experto en educación. Foto: Donaldo Hernández. REALIDADES.
Según explica Loría, la labor del magisterio trasciende las aulas: muchos docentes terminan orientando a las familias en trámites de residencia o solicitudes de refugio. Asimismo, enfatiza que cualquier proceso de integración real debe considerar las desigualdades en las trayectorias escolares y las disparidades en los aprendizajes previos de cada estudiante.
“Ese apoyo, que muchas veces recae sobre las funciones docentes, ayuda a que los estudiantes permanezcan más tiempo en el sistema y favorece otros aspectos de la integración”, explica Loría a REALIDADES.
Las condiciones familiares y comunitarias también pueden influir en la continuidad de los estudios, incluso cuando los niños desean seguir aprendiendo. Por eso, Loría señala que la inclusión educativa no se mide solo por la matrícula, sino también por la permanencia de los estudiantes, su avance entre niveles y la conclusión de sus estudios.
Los pendientes
Los datos del Ministerio de Educación Pública (MEP), facilitados a REALIDADES por Víctor Pineda, asesor nacional del Departamento de Educación Intercultural, permiten dimensionar la presencia de estudiantes nicaragüenses en el sistema educativo costarricense.
Según el reporte inicial de matrícula de 2026 de la plataforma SABER, Costa Rica registró 1.088.959 estudiantes en su sistema educativo. De ese total, 58.260 eran de origen extranjero. De estos, 46.324 eran nicaragüenses. Esta cifra representa cerca del 80 % del alumnado internacional y alrededor del 4,3 % de la matrícula general del país.
En el cantón de Upala, el MEP reportó 970 estudiantes nicaragüenses distribuidos en distintas modalidades educativas: 53 en preescolar, 315 en primaria, 141 en secundaria, tres en educación especial, 383 en educación de personas jóvenes y adultas y 75 en educación técnica.
El cantón de Upala, en la provincia de Alajuela. Foto: Donaldo Hernández. REALIDADES.
Víctor Pineda señala que las personas extranjeras tienen derecho a la educación independientemente de su situación migratoria, incluso si están solicitando refugio o ya cuentan con esa condición. También dispone de mecanismos de matrícula cuando faltan documentos de identidad o constancias de estudios.
Entre las alternativas se encuentra una declaración jurada en determinados casos de falta de identificación y la aplicación de pruebas para establecer el nivel de conocimiento cuando no se cuenta con registros académicos que permitan determinar el grado correspondiente.
Pineda también detalló sobre disposiciones y materiales para prevenir la discriminación racial y la xenofobia, así como sobre la coordinación con otras instituciones para atender las necesidades de la población extranjera.
María Celeste yendo por el trayecto desde la escuela de vuelta a casa. Foto: Donaldo Hernández. REALIDADES.
La respuesta institucional no incluyó estadísticas sobre incidentes de xenofobia en los centros educativos ni datos para evaluar los resultados de los protocolos. Tampoco aportó una serie histórica que muestre cómo ha evolucionado la matrícula nicaragüense durante la última década.
En las comunidades fronterizas, la movilidad entre Nicaragua y Costa Rica forma parte de la vida cotidiana y las escuelas atienden a estudiantes de distintos orígenes. No obstante, las condiciones y los recursos disponibles para acompañar su integración pueden variar entre centros educativos.
Con todos sus desafíos, Costa Rica cuenta con una trayectoria democrática y un marco de protección de derechos que han favorecido el desarrollo de políticas para facilitar la integración de la niñez migrante al sistema educativo.
El reconocimiento constitucional de la educación como un derecho, junto con las medidas impulsadas para promover el acceso, la permanencia y la inclusión del estudiantado extranjero, sitúan al país como un referente regional en educación.
Maria Cesleste haciendo su tarea en casa. Foto: Donaldo Hernández. REALIDADES.
Pese a las dificultades y al desarraigo que implica el exilio, la niñez migrante nicaragüense en Costa Rica tiene la posibilidad de continuar su formación en uno de los sistemas educativos mejor evaluados de América Latina.
El último informe del Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes (PISA) situó a Costa Rica entre los tres países de América Latina con mejores resultados en las áreas evaluadas: ciencias, matemáticas y lectura, solo por detrás de Chile y Uruguay.
Una promesa
Para Jeylin, la escuela en Upala se ha convertido en un espacio donde puede aprender, hacer amistades y comenzar a imaginar su futuro. “Me gustaría estudiar bastante para ser abogada privada o licenciada”, cuenta.
A María Celeste le gustan las historias y las leyendas, y sueña con convertirse en diseñadora de ropa y tener su propia tienda. Su madre quiere que continúe estudiando en Costa Rica, aunque contempla la posibilidad de que algún día regresen a Nicaragua.
Angela Sequeira y su hija, María Celeste. Foto: Donaldo Hernández. REALIDADES.
En las palabras de Ángela, el deseo de ofrecer a su hija una buena educación convive con la esperanza de regresar a Nicaragua y contribuir a que otros niños tengan acceso a una educación de calidad, en un país marcado en las últimas décadas por los conflictos armados, la violencia política y los desastres naturales.
Por eso le hizo una promesa a María Celeste sobre la educación que desea para Nicaragua. “Cuando regresemos, vamos a luchar por tener escuelas así de bonitas y una educación de esa misma calidad”.
Este reportaje se realizó con apoyo de la beca de producción periodística de DW Akademie y el Instituto de Prensa y Libertad de Expresión (IPLEX). La beca es parte del proyecto global “Space for Freedom” de la iniciativa Hannah Arendt, promovida por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Alemania.
